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Spleen

Slowday

Estoy tumbado en la cama, gritando, dando golpes contra las paredes, sin recibir más respuesta que un débil eco. No sé lo que habrá detrás de esas paredes, y si lo sé prefiero ignorarlo, obcecado en mantenerme en este agujero oscuro y sucio. Me incorporo y sigo chillando en una lengua que deformo lo suficiente para que mi cerebro no pueda interpretarla. Un hilo de vomito se desliza por la comisura de mis labios y sigue descendiendo, mientras partes de su amorfidad se desprenden para salpicar la pared, hasta reunirse con una gran mancha en la camiseta. Dejo fluir mis ánimos para que se confundan entre ellos y se pierdan en su indefinición. Me arranco la camiseta manchada de vomito y babas, me arranco los calzoncillos manchados de semen ya seco, me arranco la piel hasta que el dolor no me deja clavarme más las uñas. No he conseguido arrancarme ningún cacho importante, lo poco de piel que se ha desprendido reside bajo las uñas. Presiono contra mi nueva cicatriz y bajo su costra empieza a salir pus obscenamente amarillento. Doy vueltas en la misma habitación, cada vez más rápido. tengo que salir, tengo que salir. Pero como? Hacía donde? No encuentro la puerta. Palpo las paredes. Nada. Vuelvo a tumbarme en la cama. Hundo la nariz en las sabanas. Huele a mujer, huele a sexo. Me incorporo a cuatro patas sobre la colcha y atrapo con mis dientes la parte más húmeda de esas sabanas, hago que mi lengua saboree cara poro ese tejido, dejando que mi saliva se deslice, lentamente, empapándola aún más. Estoy empalmado. No sé cuanto tiempo permanezco en esa postura, pero sé que no estoy solo. No puedo verles, puedo sentirlos, sus voces son silbidos que se mezclan con mis propias palabras. Llega un punto en que no puedo más y empiezo a vomitar. Es un vomito violento, cuando no queda más sustancia, se dedica a salir liquido, y más liquido. Poco a poco este se va oscureciendo, primero amarillento como el meado, luego se va tiñendo de rojo hasta que acaba negro. Finalmente, me quedo vacío y me desplomo sobre ese liquido, ese que es tan propio que nunca lo reconocemos. Esa mierda debería estar dentro no fuera. Da igual, cuando me levante seré otra persona.  Arqueo mi espalda y retraigo el morro para dejar al descubierto mis dientes. Lucharé hasta el final. La inmundicia está de mi parte, y los fantasmas nunca podrán asimilar el olor a putrefacción de toda la mierda que he sacado de mi interior. Mis ojos brillan como hacía años que no brillaban. He tenido que morir para volver a vivir. Nacemos para morir, vivimos para follar. Ahora puedo verlos, pero solo de forma periférica, lo cual no me impide ver esa mirada fría y muerta desde el otro lado. Hay una mirada fuera de las paredes, es acusadora. Me culpa del daño que me hago? La sangre se mezcla con el pus y la bilis, la comida del día anterior y el semen. Solo necesitaba eso. Grito, grito con todas mis fuerzas. Por fin se callan los fantasmas. ya no oigo ni tan siquiera el roce de sus largos cabellos albinos, ya no siento sus miradas sobre mí. Solo una, terrible y seria, permanece desde el exterior. Me incorporo lentamente, mantengo la mirada, aunque sé perfectamente que mientras permanezca encerrado en esta habitación poco importará. Cuanto daño puede hacer algo que no puedes tocar. Alargo la mano con toda la dulzura con la que puedo cargarla. Escondo los dientes y no puedo evitar que se me salten las lagrimas, a pesar de estar seco. Dejo que poco a poco el brillo vaya desapareciendo y le doy la espalda. Cojo los tejanos manchados que hay por el suelo y busco el tabaco en sus bolsillos y una vez hecho los suelto, salpicando estos al caer. El olor es insoportable. Arrastro una silla hasta el rincón más alejado y allí me siento, con cuidado ya que tengo bastantes heridas que escuecen cuando las apoyo contra el respaldo. Me enciendo un cigarrillo y le doy un par de tragos a una botella medio vacía de vino. Intento pensar. El silencio pesa pero consigo reunir algunos pensamientos perdidos por mi cerebro. Nada cambia, todo es. La mirada sigue ahí, pero consigo darme cuenta de que ni siquiera mira hacía aquí. Le doy un trago más al vino y luego lanzo la botella contra ella. Esta desaparece en el infinito. Este día no acabará nunca. tal vez también desaparezca en el infinito. Consigo ver la puerta, pero estoy demasiado cansado para abrirla. Creo escuchar a alguien que se acerca, se para ante ella y luego se aleja, tal vez asustada por al mal olor que se filtra bajo ella. Luego silencio... un silencio eterno y dulce. Tan dulce y terrible como la muerte. Los fantasmas siguen ahí, silencioso, observando. Atados a mí. No los soltaré. Me quedo dormido.
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2 comentarios

Caronte -

Solo tengo malas noches

eva -

¿Eres Asfixiado?
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