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Spleen

Intrascendencia

Viernes por la noche, ferrocarriles de la generalitat. Me siento entre dos amigas. Sería incapaz de determinar su edad: siempre se me han dado mal estas cosas, pero diría que están más cerca de los 25 que de los 20. A una, por la posición, no la puedo ver bien, pero la otra es pronto victima de mis miradas. La mayor parte del viaje voy leyendo un libro, y ellas hablando entre sí, así que no le presto demasiada atención (a la que puedo ver). En el momento en que se baja una de ellas puedo moverme y cen trarme en la otra. No es guapa, ni siquiera es sedxy. Por no tener no debía tener ni morbo. Cara de mala leche, eso sí. A pesar de todo, es lo suficientemente delgada y femenina como para que me arriesgue a clavarle la mirada. Ella se mira, coqueta, usando el cristal como si fuese un espejo. A mí me daría verguenza hacer eso, pero a ella parece no importarle: nisiquiera le importan mis descaradas miradas. Al girar la cabeza se cruza con mi mirada, pero lejos de incomodarse, se acmoda y saca su reproductor de mp3. Se acomoda la minifalda y yo aprovecho su movimiento para fijarme en esa zona; no había caído en que llevaba minifalda. Demasiados minutos perdidos fijandome en otras cosas... Realmente era corta la minifalda, apenas tapaba sus largas piernas enfundadas en medias negras, incluso al moverlas pude discernir un color blanco al fondo de ese tunel oscuro, entre sus piernas. Volví a mirarle a la cara para ver su se había convertido en la viciosa que sugerían esas piernas, pero nada había cambiado, ella seguía igual, consciente de la dirección que habían tomado sus miradas pero con aire de no saber de que iba la cosa... aunque más bien diría que el aire era de no saber ni de que cosa estoy hablando. Tardé en darme cuenta de que la estaba mirando porque me recordaba a alguien que había conocido pocos años atrás. Fuese lo que fuese, me perturbaba. Tenía una erección bastante incomoda y lo único que deseaba era follarmela. Quedaban pocas paradas para bajarme, pero aún así ardía mi imaginación en las más brutales fantasías. Yo intentaba esbozar una sonrisa pero no conseguía dar foma más que a una mueca, me encantaba pensar lo ajena que debía estar ella a lo que estaba haciéndole en mi imaginación. Le arrancaba la ropa a tirones, me centraba en cada una de esas medias para deshilajarlas. Una vez inutilizado el vestuaría, me recreaba en un coito violento, casi sádico, como nunca me habría atrevido a hacer a una persona real pero muy similar a lo que han sufrido muchas bellas y delicadas criaturas en mis fantasías. Casi ni me paso mi parada. Salí corriendo, sin dirigirle una mirada que hacía rato que la había desenfocado. El frío de la calle se ocupó de bajarme los humos. Ella pensaría que sólo era un puerco más suelto por el mundo. No andaría muy desencaminada, pero estoy seguro de que jamás imaginaría las cosas que llegué a hacerle en tan escasos minutos. Basta ya de fantasías: dejemos al monstuo descansar en el inconsciente y juguemos a ser alguien civilizado: hay que cenar, pasar una velada romántica con una chica que cree que soy el nuevo T S Ellliot y acabar follando como una persona civilizada.

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1 comentario

tamara -

no si se crees en las casualidades. yo no. es por eso que creo que era necesario que hoy leyera esto. estoy haciendo una investigación sobre los poetas malditos y es asi como llege acá. probablemente ni siquiera lo leas, pero quiero que sepas que me llamó profundamente la atención tus comentarios...
y bueno. suerte.
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