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Spleen

Arráncate la sonrisa de la cara, por favor

El eterno retorno, decía Niestzche, en que la levedad de las acciones era proporcional a la reiteración de estas. Podría decirse que poco a poco, a medida que pasa el tiempo, las mimas sensaciones que provocaban algo, dejan de emitir el mismo fulgor, así como las rayas de un árbol dejan de tener importancia a medida que engrosan y que nos vamos haciendo de piedra a medida que aprendemos a ser fuertes. Es frustrante saber que a medida que vuelvo a caer otra vez en el mismo punto poco a poco esos sentimientos serán tan leves que cuando pueda disfrutar de otras cosas no podré sentirlo de la misma manera. Cada vez la caída es menos violenta, pero si más oscura. Más oscura en el sentido de la consciencia de la levedad. En esos casos, solo tengo dos enemigos: yo y la gente en quién confio. Tal vez estos últimos estén consiguiendo que desarrolle una profunda desconfianza hacia todo, y en especial hacia mi, y hacen que sienta odio hacia ellos. Odio porque en vez de decir la verdad me dicen lo que quiero escuchar, me dicen todo lo bueno que creen ver en mi en vez de intentar descubrir que no vale la pena, y que animarme hará que me atreva a lanzarme sin miedo, y a hacerme daño, reiterándose la situación mil y una veces, hasta que deje de confiar en ellos. Ahora da igual: otra marca más escrita en fuego, al lado de las otras. Hoy es algo porque todavía duele, porque aún siento sus pinchazos, pero dentro de pocos días, solo la recordaré por la molestia de la cicatrización, y dentro de unos meses la habré olvidado, junto al resto de marcas, fría, carente de identidad, de recuerdo, de sentimientos. Y es que solo así se puede salir adelante, solo negando lo que las cosas significan, porque intentar recordarlas solo lleva por un camino al que es preferible no asomarse porque ya sé donde conduce. Entonces seguiré odiando más a esa gente que seguirá insistiendo en que siga luchando, porque ya sé a donde llevará una nueva lucha. Ya lo dije hace un tiempo: porqué no tirar la toalla? Porqué condenarme a seguir repitiendo los mismos pasos? A seguir jugando en mi contra? Tal vez porque me gusta lo que hay ahí dentro. No aquello que está podrido, sino aquello por lo que me levanto cada mañana, ese deseo de sentir y exprimir esos mismos sentidos hasta el tuetano. Algo que la gente ha aprendido a suprimir de su interior, de tal forma que encuentras a muy pocas personas donde poder percibir ese brillo, algo tan especial, que los hace diferentes de otras personas. Ahí es donde puedo hacer sintesis de mi teoría. Antes creía que la gente que tenía ese brillo caminaba por un camino paralelo al resto, y me ha costado aprender que ese brillo es innato y no afecta para nada en las decisiones de las personas. Eso dificulta más la tarea de acercarse. Pero no nos vayamos por las ramas. Ante todo me gustaría dedicar unas palabras a mis padres, a todos a los que he llamado amigos y a gente simpática que he conocido en mi vida, a toda la gente que me ha apoyado, que me ha enseñado, que ha estado a mi lado, que me ha querido: IROS TODOS A LA MIERDA. Habeis visto lo que no existe, y lo que es peor: me lo habeís hecho ver a mí también y eso es algo que no os perdonaré nunca. Cuanto antes se acepte la propia naturaleza, menos vulnerables seremos a nuestro entorno, y si he sido vulnerable ha sido por mi culpa, pero en gran parte también vuestra. Para mí ya tengo mis propias palabras, me he estado echando la culpa de todo lo que me pasa, y de todo lo que les pasa a los demás, siempre he aguantado estoicamente, siempre he soportado, pero llega un punto en que no puedo tampoco aguantar todo el peso bajo los hombros: siempre me encuentro sucio y os veo a todos demasiado limpios. Me he tragado marrones que no me importan y que muchisimas veces ni tan siquiera he merecido, he aguantado los problemas de otros y dejado de prestar atención a los mios propios. Y el resultado es este: sentirme siempre mal. Es invariable. Estoy cansado de arrepentirme por creer en mí, estoy cansado de que me digan que debo seguir haciéndolo. Luego me veo obligado a generar engaños para aguantar los resultados de batallas que nunca he tenido la capacidad de librar. Con amigos así, prefiero enemigos, al menos ya sé a lo que atenerme.

Pero claro, no es justo echar la culpa a los demás, yo también la tengo. La tengo porque la inseguridad inherente a mi ser me ha hecho creeros, porque quería creeros, quería pensar que realmente valía la pena ser como creía que era. Nada, siempre tengo que arrepentirme. La vida no es matemática, pero el cerebro si, por lo tanto cuando las ecuaciones dejan de tener sentido es que algo está fallando, y me odio por no haber tenido vista suficiente como para darme cuenta. Cierto es que cuando uno ve veneno en las palabras de la gente que ha formado su entorno social favorable suele decirse que padece paranoia, cierto es que ir basculando de un extremo emocional a otro es llamado histeria, cierto es que llegar a sentir algo con demasiada fuerza es llamado obsesión. Y también es cierto que muchos médicos han constatado que cuando se descubría un error en diagnosis del VIH, la gente no se alegraba de saberlo porque había configurado su razón de ser en base a esa enfermedad. He aquí, en pocas palabras las principales antítesis de  mi forma de ver la vida. Tal vez de una forma un poco criptica pero no imposible de descifrar. De todas formas, nadie tiene una forma de verla que no acepte antítesis, es más, si veo las cosas de esta forma es porque el resto carecen aún más de sentido, la cuestión es lo ciega que pueda estar la persona con tal de creer en ello. Una ceguera a la que no soy inmune, pero que me ha permitido ver muchas veces algo realmente auténtico. Y seguiré queriéndo verlo, y seguiré cayendo, y volveré a levantarme. Creo recordar que era así como describía la mitología griega al Tartaro. El eterno retorno. Curioso. Al menos es positivo darse cuenta de la situación.  Casi gracioso.

PD: Es una enorme broma. Al fin y al cabo, si no nos lo tomamos así, si nos regodeamos de nuestros propios errores...

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